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Sunday, December 11, 2016

El corazón de la musa

Siempre soñé con ser una musa, pero debí tener más cautela con mis deseos. No tome en cuenta que las musas siempre se quedan solas, son efímeras, están condenadas a cautivar a los artistas por unos segundos, meses o quizás solo días y no pasar de páginas, canciones, pinturas o visiones.
Las musas son lujuria, una pasión desenfrenada, una mirada cargada de energía porque de eso están hechas y por eso en su paso te transforman y desaparecen.
Desde siempre añore ver mi paso por la vida plasmado en los dedos o la mente de aunque sea un solo ser, pero nunca pensé que la perfección es vacía y te condena a la soledad.
Una soledad que a veces duele pero que pasa de vez en cuando ante el paso de cualquier nueva ilusión.
El problema de las musas es que nadie piensa que tenemos corazón, porque somos capaces de amar intensamente en un parpadear de ojos y al siguiente ya no estar, porque somos autenticas, sinceras, frágiles como un cristal y cargadas de un drama que se instala en las venas para que siempre y causando adicción y dependencia casi instantánea para que pidan más y luego generar tras la partida la terrible abstinencia.
Somos seres imperfectamente perfectos, que por los días sonríen, liberan picardía, rápidamente caen en las garras tentadoras de algún amante, arañan las pieles sin herir y luego lloran en las almohadas la insoportable realidad de que jamás se van a quedar.
Todos nos añoran, nos desean, nos buscan como gatos hambrientos, pero pocos por decir nadie se molesta en luchar por retenernos.
Me equivoque toda la vida por querer sentirme diferente y ahora debo desaparecer entre líneas hasta mi próximo despertar.